Stevenson, Henry James, dos sillas y cinco mesas - Historias - Andreu World
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04/10/18

Stevenson, Henry James, dos sillas y cinco mesas

Robert Louis Stevenson fue siempre un culo inquieto. Tísico y enfermizo, vivió en muchas casas, visitó muchos países y fue a morirse a Samoa, donde los lugareños no concebían que un relato pudiera ser inventado y tenían por veraces todas las historias asombrosas que Tusitala les contaba. Quizá porque desde niño el médico le recetaba interminables mañanas en cama, tenía una relación espinosa con las sillas que, según el crítico y amigo Edmund William Gosse, usaba siempre de forma excéntrica, “con sus piernas colocadas de través sobre los brazos de las butacas, o sentándose en la cabecera de un sofá”. De manera algo enigmática, Gosse apunta que “muy sinceramente peroraba con nosotros (él y su mujer) sobre la inmoralidad de sillas y mesas”. Louis no paraba quieto, así que se llevaba mal con esos muebles que invitaban al estatismo. John Singer Sargent lo retrató en 1885 en un cuadrito extraordinario en el salón de Skerryvore, la casa de Bournemouth que bautizó con el nombre de uno de los faros diseñados por su abuelo en el mar de las Hébridas, andando y hablando nerviosamente mientras se atusa el bigote largo y ralo. Es uno de esos raros retratos prodigiosos que nos ponen ante el personaje con tanta viveza como si estuviéramos en la habitación con él. 

 

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Stevenson había escrito el año anterior un texto describiendo su casa ideal donde el espacio más importante era su cuarto de trabajo, muy espacioso y equipado con dos sillas y cinco mesas: una para el asunto en que se trabaja en ese momento, otra para los libros de consulta que se están empleando, otra más para “manuscritos o pruebas que esperan su turno”, una cuarta “cruje bajo un cúmulo de mapas y cartas náuticas a gran escala” y una más queda vacía y lista para lo que pueda surgir. Un estudio para ir de una mesa a otra y encontrar argumentos recurrentes para no sentarse nunca. No es de extrañar que basten dos sillas para semejante zafarrancho, detallando que la que se usa para escribir ha de ser “muy baja y cómoda, respaldada por un rincón”. Y en efecto, muy baja y confortable es la silla de mimbre en que Sargent retrata de nuevo al autor de La isla del tesoro en 1887. Una silla de mimbre en un interior sombrío, una idea marciana en esos tiempos victorianos, aunque Louis está en ella a sus anchas, repantigado de través, ocupando toda la generosa superficie del asiento con sus largas piernas cruzadas y los dedos tísicos jugueteando con el cigarrillo. También es muy bajo el sillón o canapé tapizado en azul en que, en el cuadro de 1885, se arrellana Fanny Stevenson disfrazada de princesa india, apenas entrevista en el extremo derecho. Esa silla, cuenta Stevenson en una carta, fue una vez de su abuelo, el constructor de faros, “pero hace meses que lleva el nombre de Henry James, porque es ahí donde al novelista le encantaba sentarse”. Tal era el culo inquieto de Stevenson que sus sillas llevaban el nombre de otro.  

 
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