Una silla para toda la vida - Historias - Andreu World
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28/07/20

Una silla para toda la vida

 

Iba Enrique paseando con su hija Sara por el conocido barrio de Gràcia de la ciudad de Barcelona. Sara tenía cinco años. En un par de semanas iba a cumplir seis. Estaba creciendo muy rápido. Demostraba una espontaneidad fresca y propia de su edad y una curiosidad innata por todas las cosas. Tenían un itinerario habitual que realizaban dos o tres veces por semana. Pero ese día Sara quiso cambiar, por uno de esos arrebatos espontáneos que a su padre tanto gustaban. Así pues, iban bajando por la calle Verdi cuando ambos se fijaron en una fachada diferente del lateral izquierdo. Era un edificio de estilo modernista con una puerta preciosa de madera y dos ventanas a cada lado. Las tres estaban adornadas con un dintel de motivos vegetales y tenían unas rejas como de hierro forjado. La puerta estaba abierta de par en par y en la entrada una placa de metacrilato indicaba H2O. Por unanimidad decidieron entrar. 

 

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Una vez dentro descubrieron un espacio diáfano, todo pintado de blanco y muy bien iluminado. Su dueño les dijo que era una galería de arte contemporáneo especializada en arquitectura, diseño y fotografía. Es entonces cuando Sara vio una especie de silla de color amarillo, con un llamativo respaldo y un asiento tan bajo que le hizo intuir que era para niños. Así que, con toda frescura, se sentó. Mientras la observaba, Enrique le preguntó al dueño y editor de la silla porqué tenía una silla infantil en una galería de arte. Joaquim Ruiz Millet, así se llamaba el dueño, le explicó que la obra era de un joven diseñador catalán llamado Martí Guixé y que era más que una silla infantil. Se trataba de una propuesta conceptual pues su creador pretendía que fuera una silla para toda la vida. 

 

– ¿Para toda la vida? – Preguntó Enrique todo extrañado.
– Sí. –Respondió Joaquim– ¡Es una silla viva! No hace falta comprar otra porque va creciendo a medida que el niño/a crece también. Sólo hay que ir colocando en el asiento un libro encima de otro, adaptándolo a la altura del infante. 

 

A Enrique le entusiasmó la idea como regalo imperecedero para Sara. Y así ha sido como su padre le ha ido regalando cada Sant Jordi un libro a su hija con el propósito de que, una vez terminado, lo colocase sobre el asiento, simbolizando de esta manera no sólo la maduración física de Sara sino también su maduración intelectual.

 
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