Retratando Sillas - Historias - Andreu World
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10/12/18

Retratando Sillas

Se ven en profusión en los Encantes o en cualquier mercado de viejo. Se compran con facilidad y a buen precio por Internet. Son tarjetas postales (cartes-de -visite) o retratos para álbumes familiares que responden a formatos que se propagan desde mediados del siglo XIX, aunque en mayor abundancia se hallan de principios del siglo XX. Un buen número de estas imágenes tienen una peculiaridad que ha de llamar nuestra atención. Son retratos de sujetos de cuerpo entero sentados o apoyados en una silla. 

La silla constituye un recurso de plató para la puesta en escena. Es lo que pervive de las fotografías de hombres ilustres con las que empezó el género. En aquellas se distinguen columnas, cortinajes y plantas. Emparentaban directamente con prototipos pictóricos de ascendencia barroca. Sin embargo, la popularización del retrato fotográfico y el ensanchamiento de su base de clientes a las clases medias hacían ridícula, por pretenciosa, tanta ampulosidad. La silla es, pues, un vestigio para “retratos de aparato” de poca monta. El recurso burgués para un universo visual mesocrático. Un subterfugio de prestancia adaptado al ensanchamiento de la base de clientes del retrato, a la expansión del negocio de los profesionales de la cámara y a la proliferación de establecimientos fotográficos. 

 

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La silla, por otra parte, concurre con otros convencionalismos. En los retratos de pareja de la época a menudo la mujer confirma su rol pasivo sentada. Mientras que el varón afirma su posición dominante de pie. En los retratos individuales se reproduce a menudo este esquema sentada/de pie. El universo de valores burgueses se transmite por toda la corporeidad -en la colocación, la postura, el ademan, la planta, la expresión-, además de por el atuendo y los accesorios. La silla es un complemento inmejorable a la corporeidad: tanto permite el apoyo y abunda en la firmeza, como auxilia al decoro y ampara el recato. Igualmente, permite salirse de la norma con un punto de travesura o extravagancia ocasional. Por otra parte, la silla compagina su condición de objeto común de la domesticidad con su capacidad de revelar una jerarquía social en función del modelo elegido.

Pero abandonemos sin más la mirada social y preguntémonos qué vemos hoy en dichas imágenes. Eran y son retratos individuales, pero ¿hasta qué punto? Son personas concretas, sin duda. Si atendemos a nuestras capacidades de discernir sobre imágenes y empatizar con desconocidos, reconoceremos humanidades singulares y reconstruiremos imaginativamente acontecimientos vividos. Ocurre, no obstante, que también nuestra mirada registra que son el resultado de una estandarización visual y de una proliferación industrial de imágenes. La distancia temporal y el reciclaje al que han estado sometidos dichos retratos ha disipado lazos emotivos, conexiones biográficas, o incluso gran parte de la identificación cultural. Nada sabemos de aquellos individuos que no estemos dispuestos a ficcionar. Es más, con el transcurrir del tiempo el binomio persona-cosa parece alterarse. ¿Será que cada vez sabemos menos de la singularidad humana que encierra el retrato y más de los atributos del espécimen de silla que lo acompaña? ¡Vaya paradoja! El retrato surge para combatir el olvido y ganar la inmortalidad de personajes y personalidades, no de sillas.

 
 
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