Loos se sienta sobre sus secretos - Historias - Andreu World
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27/07/18

Loos se sienta sobre sus secretos

“¿Qué hará usted cuando muera el viejo Veilich?”, dice Loos que le decían los clientes, nunca muchos, pero selectos. Josef Veilich hizo todas las sillas de las casas de Adolf Loos desde sus primeras obras hasta su muerte en 1929, y el arquitecto le dedicó una sentida necrológica en el Frankfurter Zeitung donde tabletean como precisas ráfagas de ametralladora las ideas sobre el modo de responder a la necesidad de sentarse que venía defendiendo desde finales del siglo anterior. Loos es el mayor debelador de la originalidad, el fetiche moderno por excelencia: no hay necesidad de inventarse lo que ya está resuelto, así que el viejo Veilich, que trabajaba solo en su taller vienés desde que le mataran a su ayudante en la Gran Guerra, replicó con primor para él múltiples variantes de sillas Chippendale y Windsor donde “los anillos anuales de crecimiento de la madera tenían que coincidir exactamente con la forma curva”. Si los ingleses y los americanos ya lo habían pensado todo sobre las distintas formas de sentarse y descansar, para qué volverse loco. Además, Veilich era sordo como su patrocinador, “por eso nos entendíamos bien”. Para Loos, un interior doméstico es el rostro de su propietario y a él, y a sus distintas necesidades de reposo, debía ceñirse el arquitecto. 

 

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A él mismo le gustaba sentarse junto a la chimenea. La que hizo para su apartamento vienés, de ladrillo visto, contaba con dos bancos de obra que, hacia 1904, reformó para insertar en sus extremos dos cajas de hierro –en la reconstrucción que puede verse en el Museo de la Ciudad de Viena son de madera– que le había dejado para su custodia el doctor Theodor Beer, para el que estaba trabajando en su Villa Karma, junto al lago Lemán. Beer huyó de Viena para eludir la prisión preventiva por una acusación de pederastia, por la que finalmente fue condenado, perdió su título, su puesto en la Universidad de Viena y a su mujer, que se suicidó. Loos, junto a sus amigos Karl Kraus y Peter Altenberg, defendió vehementemente a Beer. En 1928, él mismo tuvo que afrontar una controvertida acusación de abusos relacionada con unas niñas que habían posado para él y que le llevó cuatro meses a prisión. Su casa fue registrada y el contenido comprometedor de las cajas de Beer salió a relucir en el juicio. De nada le sirvió aducir que aquello nada tenía que ver con él. Loos, que siempre supo que diseñar era, en primer lugar elegir, nunca diseñó propiamente una silla, se limitó a rectificar agudamente las que le quedaban a mano, incluso el cofre de los secretos de un amigo en apuros que acabaron por ser propios (los secretos y los apuros). El diseño como designio. Loos, el primer metadiseñador. 

 
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