Las sillas fantasma de Edgar Allan Poe - Historias - Andreu World
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20/07/18

Las sillas fantasma de Edgar Allan Poe

El “primer fisonomista del espacio doméstico”, le llama Walter Benjamin porque los narradores de la Edad Moderna daban cuenta detallada del rostro y la complexión de sus personajes, pero apenas de sus habitáculos. El primer escritor decimonónico que hizo comparecer a los interiores en sus relatos fue Edgar Allan Poe, que dejó además dos testimonios específicos sobre el tema. Uno es una breve y socarrona Filosofía del mueble, publicada en mayo de 1840 en la Burton’s Gentleman’s Magazine de Filadelfia, donde se burla del mal gusto del interiorismo doméstico de sus compatriotas: “Es un mal que nace de nuestras instituciones republicanas, el que el hombre de gran cartera suela tener un alma muy pequeña que guardar en ella”. Poe contrapone la ostentación al refinamiento sencillo y exalta las cualidades de las alfombras, siempre densas de textura, con motivos abstractos y arabescos, nunca vegetales ni naturalistas; abomina de los brillos y las luces ásperas de gas a favor de las densas, matizadas y umbrosas del aceite de las lámparas Argand, y discurre sobre la inconveniencia de la profusión de cuadros pequeños. Pero… ¿Y las sillas? En su texto describe una habitación ideal entrevista antes de la medianoche, un espacio oval, con los cristales de las ventanas teñidos de carmesí y las paredes empapeladas en plata, del que nos describe con todo detalle los marcos de los cuadros, los jarrones de Sèvres, los efectos de luz de la lámpara Argand, el pianoforte de palisandro. 

 

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Tres veces ha sido reconstruido ese espacio: una, para una exposición en el Brooklyn Museum en 1959; otra puede visitarse en la casa en que vivió el escritor en Filadelfia; la tercera, solo con palabras, como lo hiciera Poe, en un relato de 1996 de Roberto Bolaño titulado La habitación ideal, donde una dama argentina y finisecular llamada Edelmira Thompson de Mendiluce se la hace reproducir con precisión neurótica. Las dos reconstrucciones materiales acusan un aire Biedermaier algo decepcionante, el halo carnoso de la descripción del bostoniano brilla por su ausencia. En ambas asoman dos o tres sillas Chippendale, de las que Bolaño también da cuenta en su detallado inventario: “dos sillas livianas igualmente de palorrosa”. La cuestión es que Poe es taxativo en su propia descripción: “dos amplios divanes de palisandro y seda carmesí son los únicos asientos”. Nueve años después, y solo cuatro meses antes de su muerte, Poe publicó El cottage de Landor, algo así como un trávelin moroso al atardecer desde el exterior al interior de una casa en el valle que suele considerarse una idealización de la que él mismo habitó en un Bronx neoyorquino entonces por urbanizar Allí sí hay “unas cuantas sillas (incluyendo una mecedora) y un sofá, o mejor, canapé de madera de arce lisa pintada de un tono blanco-crema, ligeramente ribeteado de verde, con asiento de enea. Las sillas y la mesa hacían juego”. 

Sillas tipo Sussex o Windsor pintadas de blanco. Ni la Edelmira simbolista ni los sesudos conservadores museales supieron entender que en las mullidas ensoñaciones domésticas del poeta las sillas son el fantasma. 

 
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